Notas sobre LA ALQUIMIA , el Yoga cosmol—gico de la cristiandad medieval

Por Maurice Aniane

 

La Alquimia en la mayor’a de civilizaciones tradicionales no es otra cosa que la ciencia del sacrificio de substancias terrestres,  la liturgia para transfigurar aquellas artesan’as que tratan con la materia ÒinanimadaÓ.  La hallamos por doquier,  desde la antigua China y en India a travŽs de todas las Žpocas.  En estas tradiciones Ómitol—gicasÓ en su forma,  la alquimia no est‡ restringida a ningœn lugar en particular:  Si el Esp’ritu est‡ en todas partes,      obviamente tambiŽn en una piedra ;  cuando aquŽlla œnica luz,  la de la Inteligencia Divina,  es manifiesta en el Sol,  en un ‡guila y en la miel,  Àes sorprendente que tambiŽn sea manifiesta en el Oro,  y que todo metal es Oro que no se conoce a s’ mismo,  e incluso en su ignorancia es un ÒestadoÓ del Oro?.  Si el hombre no tiene otro rol que el de reverenciar en el indiviso santuario de su cuerpo y de la naturaleza,  Àes de sorprender que Žl debiera transmutar el plomo en oro?.  Ni tampoco la santidad puede ser dividida,  y el ÒmilagroÓ de la transmutaci—n revela su omnipresencia.  La alquimia en las tradiciones metaf’sicas y mitol—gicas no ten’a m‡s importancia que la danza que expresaba la naturaleza sagrada del ritmo,  que mostraba que el reverente circular de los danzantes era el mismo que el de las estrellas,  y en la repentina inmovilidad del cuerpo el tiempo ÒtransmutadoÓ,  el sue–o del plomo convertido en el oro puro de un momento de eternidad.  Sin embargo la alquimia estaba destinada a tener un significado especial en el dominio de las tradiciones Ómonote’stasÓ,  y particularmente en la cristiana.  Aparte de trazas que aœn existen en algunas comunidades rurales de Europa,  la alquimia,  o m‡s generalmente la HermŽtica,  parece haber sido la œnica doctrina cosmol—gica que sobreviviese en el mundo cristiano.  Ello ha sido por tanto llamada a desempe–ar un importante rol ÒbajoÓ una religi—n que proclamaba la Òmortificaci—n de la carneÓ y evitaba la cosmolog’a.  De hecho,  durante la edad media temprana y hasta los principios del arte g—tico,  la alquimia no era opuesta a la cristiandad sino que la completaba.  A travŽs de ella la efusi—n eucar’stica radiaba aœn de los estados m‡s pesados de la materia.  No era m‡s s—lo el pan y el vino que eran transubstanciados sino la piedra,  el plomo,  la cal de los huesos y de las rocas,  vivificadas por la cristiandad;   la alquimia dio a Žsta una aplicaci—n ÒtŽcnicaÓ en el ‡mbito psicoc—smico,  el cual la cristiandad hab’a soslayado porque su meta no era establecer al hombre en el mundo sino guiarle fuera de Žl.  De modo que la Alquimia no podr’a haber sobrevivido en occidente sin la tremenda efusi—n inici‡tica de la cristiandad;   as’ como la casa arquet’pica solo existe debido a la chimenea por la cual ella se comunica con el ÒcieloÓ de modo que no hay cosmolog’a posible sino alrededor del estado ÒcentralÓ,  a travŽs del cual uno puede hallar un camino fuera del cosmos.  Pero sin la alquimia el cristianismo no pudiera haber sido ÒencarnadoÓ en un orden total:  habr’an habido monjes y santos;   no habr’a habido la idea sagrada de la naturaleza la cual pudiera revestir a las artes y oficios y a la her‡ldica con su car‡cter de Òmisterios menoresÓ.  En un tiempo en que estamos siendo hundidos por la pesantez,  es quiz‡s urgente recordar a la cristiandad que ella no solo acept— sino que, en los siglos de su m‡s noble encarnaci—n,  anim— un verdadero ÒyogaÓ de la pesantez.

 

Descripci—n de la doctrina.

 

El significado del oro. -

 

Pese a la insistencia de los historiadores de la ciencia la alquimia no fue nunca,  excepto en sus estados degenerados,  una qu’mica primitiva.  Era una ciencia ÒsacramentalÓ en la cual los fen—menos materiales no eran aut—nomos sino que representaban la Òcondensaci—nÓ de las realidades ps’quicas y espirituales.  Cuando es penetrado el misterio y espontaneidad de la naturaleza se torna traslœcido: por un lado es transfigurado por el rel‡mpago, por los destellos de energ’as divinas, y por el otro incorpora y simboliza aquellos estados ÒangŽlicosÓque el hombre ca’do s—lo puede vislumbrar por breves momentos, al escuchar la mœsica o al contemplar un rostro humano. Los s’mbolos no son algo que se ÒcoloqueÓ sobre las cosas: ellos son la estructura misma tal como est‡n en el proceso de perfecci—n en Dios. Para la alquimia, la ciencia del s’mbolo, no era cuesti—n, como se ha dicho a veces, de una unidad ÓmaterialÓ de la naturaleza, sino de una unidad espiritual;  uno casi podr’a afirmar la Asunci—n espiritual de la naturaleza, pues ella no es otra cosa finalmente que el lugar de un principio metaf’sico: a travŽs del hombre el cuerpo del mundo,  como s’,  la novia  de Dios.  Esta asunci—n de la materia es la clave del trabajo alqu’mico, que simplemente ayuda a las substancias a Òsumerjirse en la naturaleza del PadreÓ, esto es, incorporar, conforme a su modo de ser, la mayor luz espiritual posible. ÓLas criaturas deben sumerjirse en esta naturaleza del padre y tornarse la unidad misma y œnico hijo. . . Ópues Ò. . la naturaleza , que es Dios,  busca solamente la imagen de DiosÓÓ El cobre debido a su  naturaleza, puede convertirse en plata, y la plata, por su naturaleza, puede convertirse en oro: As’ ni el uno ni el otro se detienen o retardan hasta que esta unidad es realizada.  Pues el oro es el m‡s perfecto de los metales,  el œnico cuya densidad de luz expresa mejor la presencia divina en el reino mineral: a travŽs de la continuidad espiritual cada metal es virtualmente oro y cada piedra t—rnase preciosa en Dios.  Esta transfiguraci—n de la naturaleza- la memoria del EdŽn y la espera de la segunda venida(la Parus’a)- pueden en el presente tener efecto s—lo en el coraz—n del hombre, el ser central y consciente de la creaci—n.  En efecto, que al ser as’ Óel ojo del coraz—nÓ puede ver el oro en el plomo y el cristal en la monta–a, debido a que Žl puede ver el mundo en Dios.  La Alquimia, como todas las ciencias ÒtradicionalesÓ fuŽ por tanto un esfuerzo inmenso para despertar al hombre a la omnipresencia divina. Su importancia radica en Žl haber enfatizado esta omnipresencia en la oscura pesantez: all’ donde menos hubiera buscado la perspectiva pseudo m’stica e idealista;  all’ donde, de acuerdo con la inversi—n anal—gica de una Òvisi—n sacramentalÓ, la divina omnipresencia se ÒcontraeÓ y m‡s fuertemente se retira dentro de s’ misma.  Si la producci—n de oro met‡lico ha sido lograda a veces, ello fue simplemente una SE„AL. No fue mas que el milagro del santo cuya mirada transforma al pecador.  As’ como el santo vŽ en el pecador la posibilidad de la santidad met‡lica, esto es, de oro. Y esta visi—n era ÒoperativaÓ.

Pero el alquimista no busc— que hacer oro. Ese no era el verdadero significado de su trabajo. Su prop—sito era unir su alma tan ’ntimamente con aquello en los metales que le pudieran recordar que ellos est‡n en Dios,  esto es, que ellos son oro. El alquimista medieval realiz— la palabra de Cristo a la letra: Žl proclam— las buenas nuevas a todas las criaturas ÒLa piedra es el CristoÓ, todos los textos hermŽticos de la edad media repiten esperanzadoramente. A travŽs de su visi—n del oro cr’stico el alquimista pod’a transformar todo Òmetal imperfectoÓ, pero lo hac’a s—lo raramente, pues, como santo sab’a que el tiempo para la transfiguraci—n c—smica aœn no hab’a llegado.

El verdadero rol del alquimista era doble: por un lado Žl ayudaba a la naturaleza sofocada por la decadencia humana a respirar la presencia de Dios. Ofreciendo a Dios la oraci—n del Universo, Žl anhelaba el universo en el ser y renovaba su existencia. Los textos le llaman Rey;  como secreto rey Žl confirmaba el orden del tiempo y del espacio, la fecundidad de la tierra productora del grano y del diamante, como lo hac’an los reyes de las antiguas sociedades, como el emperador de china hasta los comienzos del siglo veinte. En segundo lugar,  el alquimista, en el plano humano, ÓdespertabaÓ a las substancias y al oro mismo a su verdadera naturaleza, las usaba para preparar el’xires que daban ÒlongevidadÓ al cuerpo y fuerza al alma: el Òoro bebibleÓ era un oro despertado a su calidad espiritual, y reflejaba en su orden la Òmedicina de inmortalidadÓ como San Ambrosio dijo de la eucarist’a.  El verdadero rol del alquimista era celebrar anal—gicamente una misa cuyas especies no eran s—lo pan y vino, sino toda la naturaleza en su conjunto.

 

La l—gica de la alquimia. -

 

La l—gica de la alquimia implica un movimiento doble: ÓverticalmenteÓ, ella era una l—gica simb—lica,  llevando la manifestaci—n de regreso a su principio, la apariencia a la realidad, el mundo a Dios: Una l—gica de reintegraci—n. ÓHorizontalmenteÓ, en el plano humano-c—smico, era una dialŽctica de complementarios que enfatiza en todas partes la viviente tensi—n de los contrarios: Una l—gica de amor y guerra.

 

Una l—gica de reintegraci—n. -

 

La alquimia implicaba, en la sensaci—n misma, un pac’fico y desapegado amor del mundo. Pues el mundo de la alquimia, como el de las tradiciones Òmitol—gicasÓ cuya herencia ella transmite, era a la vez un mundo viviente y transparente, un cuerpo grande y sagrado, un anthropos inmenso parecido en todo al peque–o. La naturaleza, podr’a decirse, era a la vez el cuerpo de Dios y el cuerpo del hombre. Todo era vida, todo era alma, todo el aliento divino de Dios;  la sangre del sol hizo crecer al embri—n dorado en la matriz de las monta–as.  Los siete planetas en el cielo, los siete metales engendrados por ellos sobre la tierra, los siete centros de vida, los que, desde el sexo a la cabeza, gravitan en el hombre alrededor del coraz—n-Sol , eran las variadas encarnaciones de la misma estructura de la palabra;  y las siete notas de la escala manifiestan tambiŽn aquŽlla Ómœsica del silencioÓ que ba–a la creaci—n, refulge alrededor de los santos y est‡ inmovilizada en el oro.  Por eso es que el alquimista, como el caballero cuyo Ónoble besoÓ libera a melusina de su ambigua condici—n, revel— en la naturaleza que vela a Dios, la naturaleza que le hace manifiesto.  ÒAprended que el prop—sito de la ciencia de los antiguos que elaboraron simult‡neamente las ciencias y las virtudes es aquello de lo cual todas las cosas proceden, Dios invisible e inm—vil cuya Voluntad despierta la inteligencia;   a travŽs de la Voluntad y la inteligencia aparece el alma en su unidad;   a travŽs del alma nacen las distintas naturalezas, las que, a su vez, generan todos los compuestos. As’ uno vŽ que s—lo puede conocerse una cosa si uno conoce lo que es m‡s elevado que ella. El alma es m‡s elevada que la naturaleza, y,  a travŽs de ella, la naturaleza puede ser conocida;  finalmente la inteligencia no puede hacer otra cosa que dirijirnos de regreso a lo que es m‡s elevado que ella, al Dios œnico, quien incluye a la inteligencia y cuya esencia no puede ser captadaÓ( Liber Platonis Quartorum).  Este texto que hace marcadamente claro el trasfondo metaf’sico de la alquimia, prueba que ella era esencialmente ÒinteriorÓ;  la Òciencia del balanceÓ, pesa y satisface a la vez el deseo del alma del mundo que se halla dentro de cada ÒnaturalezaÓ, y el deseo del esp’ritu divino que se halla guardado en el alma del mundo. El alquimista revierte la cosmogon’a: disolviendo ÒdurezasÓ materiales en pura vida, Žl hace en s’ mismo, meditando sobre la belleza natural y sobre aquella Òsimpat’aÓ que mantiene las cosas juntas, la unidad del alma del mundo, hasta que, en su centro, esto es en su propio coraz—n, hace que surja el fuego solar del esp’ritu. Luego Žste fuego se encarna a travŽs de una cosmogon’a m‡s elevada en la que el esp’ritu, en vez de involucionar, Žl mismo en materia, lo abraza y transforma todo: transforma el plomo en oro y el cuerpo del hombre en cuerpo de gloria. La alquimia es efectuada, como Henri Corbin ha dicho, en una Òf’sica de la reducci—nÓ.

 

Una l—gica de amor y guerra

 

Por tanto el dominio propio de la alquimia es esencialmente el del alma, aquŽl medio humano c—smico de naturaleza ps’quica que relaciona el mundo de las apariencias ÓsensorialesÓ con el de las realidades ÓespiritualesÓ. Es el Òmundo intermedioÓ de todas las tradiciones, el Ómesoc—smosÓ de la alquimia Iran’ de Jabir (llamado Geber por los latinos).  Ahora bien, este Ómesoc—smosÓ es gobernado por una l—gica de guerra, por fuerzas esencialmente ÒdualesÓ cuya incesante lucha est‡ representada por las dos serpientes del caduceo. En este dominio, el trabajo alqu’mico es totalmente de mediaci—n: lucha por que la guerra se transforme en amor, de modo que pueda culminar no en una muerte estŽril sino en nacimiento glorioso.  ÒEl modo de operaci—nÓ de la naturaleza en el universo de la forma es un ritmo continuo de ÒcoagulacionesÓ y ÒdisolucionesÓ. La forma es impresa en la materia y la materia se disuelve para ofrecerse en otra forma.  Todo es alternaci—n y transformaci—n, evoluci—n e involuci—n, nacimiento, vida, muerte, y renacimiento, solve et coagula, Óla naturaleza juega consigo mismaÓ  en un juego de tensiones que interactœan permanentemente,  que se neutralizan en un momento por su oposici—n misma y luego se destruyen mœtuamente s—lo para surgir de nuevo en una forma nueva. Nada simboliza mejor estos Ómundos de disimilaridadÓ que los dragones que se devoran mœtuamente en los pilares de ciertas iglesias rom‡nicas.  Esta guerra sin fin que preside las metam—rfosis de la naturaleza as’ como las interacciones entre los hombres es referida en la alquimia a la polarizaci—n de dos fuerzas sutiles an‡logas a las chinas Ying y Yang: Azufre y Mercurio.  El azufre comœn, por su naturaleza ’gnea, y el mercurio debido a que es elusivo y porque no puede ser percibido, de hecho representan a estas fuerzas en su aspecto din‡mico. El Oro y la Plata las ÓcristalizanÓ en su aspecto est‡tico, as’ como lo hacen el Sol y la Luna.  Estos dos polos a cada lado del Òmundo intermedioÓ considerado como su Ócampo de fuerzaÓ, participan ’ntimamente en los dos polos divinos que presiden sobre la Òmanifestaci—nÓ. La acci—n pura y la naturaleza total en el Sufismo, Shiva y Shakti en el Tantrismo.  El azufre, relativamente activo o esencial, representa al esp’ritu en una forma, mientras el Mercurio corresponde m‡s directamente a la naturaleza pasiva y femenina del alma. Al azufre le son atribuidas dos tendencias fundamentales, simbolizadas por lo ÒcalienteÓ y lo ÒsecoÓ. El calor o expansividad sulfœrica afirma la vida, desarrolla la forma. La sequedad o fijeza encarna en el flujo vital la ÒfirmaÓ divina que da a cada ser su ÒrostroÓ. As’ pues, el principio del azufre, del Oro, y del Sol, es un principio de estabilidad y de medida: una herencia del pensamiento griego, es el principio masculino del Òl’miteÓ. Pero, por s’ mismo, es solamente un recept‡culo que tiende a cerrarse nuevamente sobre su vacuidad: Ó. . . su aspecto, entonces, es de una aguda aspereza , en la cual su calidad compactante y astringente se afirma a s’ misma como atracci—n excesiva, constre–ida y dura. . . Ó, se torna una fuerza de individuaci—n que transforma una necesaria protecci—n en un rechazo a la vida. En el ser humano termina incubando atracci—n y ego’smo. Por tanto, para que la semilla pueda morir y el coraz—n pueda derretirse, es necesaria la intervenci—n de la fuerza complementaria del principio femenino (Mercurio).  Al mercurio- los alquimistas se refieren a Žl llam‡ndolo agua, plata y luna- se le atribuyen el Òfr’oÓ y la ÒhumedadÓ. El fr’o o la ÒcontractividadÓ mercurial ofrŽcese a s’ mismo como la matriz de la voluntad ÓfijadoraÓ del azufre, Žste envuelve las formas y les da consistencia y densidad. En lo que respecta a la humedad del Mercurio, es el poder que ÒdisuelveÓ estas formas una vez que sus virtualidades han florecido.  El mercurio es la vida ind—mita y necesaria, tan ambiguo como la naturaleza total en la cual Žl participa ’ntimamente. Es la  Òquemante sedÓ la que, si no es aplacada, arde y se destruye a s’ misma;   es la Òviscosa humedadÓ que es derrochada o disuelta en estancamiento amorfo. En el cuerpo humano Žl se manifiesta variadamente, como deseo de placer, maternidad insaciable, ocio embotado y morbidez. Mas es tambiŽn el humilde servidor de la vida, la sumisi—n creadora de la Òvirgen del mundoÓ, quien es siempre la servidora del Se–or.  ÒEsta agua subsiste a travŽs de toda la eternidadÓ, escribe Boehme. ÓEs el agua de vida que penetra aœn la muerteÓ Est‡ tambiŽn en el cuerpo del hombre y cuando Žl tiene sed de Žsa agua y bebe de ella, la luz de vida se enciende en ŽlÓ. Del abrazo guerrero y desamorado entre el azufre y el mercurio nace la Sal, esto es, el mundo sensorial, el cuerpo del hombre y el cuerpo del mundo. La naturaleza, vista por el hombre dividido, no es otra cosa b‡sicamente que un campo de batalla regado de cuerpos: cuerpos ÓprecipitadosÓ incesantemente, en el sentido qu’mico, por la colisi—n de las dos grandes fuerzas que se polarizan en el psiquismo c—smico. El mundo sensorial en su opacidad es s—lo un ÒsepulcroÓ en el que el alma se ha enterrado a s’ misma.  Comprendemos ahora que la alquimia es al mismo tiempo una Òciencia del balanceÓ y un arte matrimonial. Ella elucida y utiliza la Òsexualidad c—smicaÓ del azufre y del mercurio, neutralizados primero en la sal. El alquimista empieza disolviendo estas coagulaciones imperfectas y reduciendo su materia a alma: entonces, cuando el Sol y la Luna aparecen en su pureza, el alquimista efectœa una hierogamia que les har‡ cristalizar en su forma perfecta: El Oro y el cuerpo de gloria. As’ las etapas del trabajo aparecen en perspectiva: primero la Òmortificaci—nÓ, el descenso y disoluci—n en las aguas, la desaparici—n en la matriz de la madre, en el Anima Mundi ;  Quien devora y mata a su hijo, esto es, toma dentro de s’ al hombre que se ha apartado en la condici—n individual. Este es el dominio de la mujer sobre el hombre, de la luna sobre el sol, hasta que en el alma, restaurada a su virginidad original, se manifiesta el centro luminoso, el esp’ritu. Entonces el hijo regenerado, el hŽroe solar nace: a su vez Žl subyuga la luna al sol, mujer a hombre, y a travŽs de la consumaci—n del Òincesto filos—ficoÓ, Žl hace de su madre su esposa y la hace tambiŽn su hija.  ÒLa Madre engendra al hijo y el hijo engendra a la Madre y la mataÓ ÒLa hembra tiene que montar al macho y luego el macho montar a la hembra ÒUna vez que el bebŽ se ha vuelto robusto y suficientemente fuerte como para combatir al agua y al fuego, Žl pondr‡ a la madre que le dio nacimiento en su propio vientreÓ Estos dr‡sticos escritos nos llevan a las fases del trabajo.

 

Las fases del trabajo.

 

Los textos alqu’micos dividen al trabajo en tres o cuatro fases esenciales: ÓEl trabajo de ennegrecimientoÓ, la nigredo o melanosis,  el Ótrabajo de blanqueado, el albedo o leucosis y, finalmente, el Òtrabajo de enrojecimientoÓ(Rubedo), el cual los alquimistas separaron en dos momentos complementarios, el del oro(citrinitas o xantosis) y el de la pœrpura o transmutaci—n del veneno(Iosis).

 

El trabajo de ennegrecimiento.

 

ÒEl trabajo de ennegrecimientoÓ es considerado la m‡s dif’cil de las operaciones, en comparaci—n con la cual, las otras etapas parecen ser Òtarea de mujeresÓ o Òjuego de ni–osÓ.  A travŽs de Žl el hombre se separa a s’ mismo de las apariencias y se deja sumergir en la naturaleza c—smica femenina, en el poder total el cual Žl desea despertar y dominar.  El trabajo del ennegrecimiento es as’ al mismo tiempo una muerte, un matrimonio(o mejor, un parto al revŽs) y un descenso en el infierno.  ÒUn ser se libera a s’ mismo de la muerte a travŽs de una agon’a en la que es sometido a una vasta impresi—n de angustia, y esta es la v’a mercurialÓ.  El trabajo del ennegrecimiento, que prepara a mercurio, esto es, la materia sutil del mundo, presŽntase como la muerte a la ilusi—n c—smica, en la cual las aguas mercuriales son, por as’ decirlo, ÓcongeladasÓ. Por esto los textos lo llaman Òseparaci—nÓ o Òdivisi—nÓ. El hombre se aparta a s’ mismo de su existencia separada;  Žl extrae su fuerza vital de las atracciones del sue–o y la agitaci—nÓ. Dolorosamente, quietamente, Žl se recoge en s’ mismo como agua quieta. ƒl retrotrae a mercurio a su estado de posibilidad indeterminada: Žste es el Óregreso a la MATERIA PRIMAÓ.  Hace lo mismo con las substancias que Žl maneja en su percepci—n de las cosas:  revirtiendo el proceso cosmog—nico del GŽnesis Žl disuelve la tierra endurecida en la unidad del agua primordial.  A travŽs de la discretio intelectualis, Žl distingue la presencia de fuerzas sutiles y de arquetipos en medio del Universo. ƒl descubre la NATURAE DISCRETAE, la naturaleza real de las cosas, aquŽl Ófundamento interior latenteÓ del cual habla Geber y el cual uno podr’a llamar la ÓcantidadÓ del alma del mundo que cada cosa ha tomado para s’ misma. Por tanto percibe a la naturaleza y a su cuerpo como un intercambio c—smico sobre el cual ya no se proyecta la ilusi—n de la individualidad.  El descubrimiento de este intercambio es un matrimonio en el cual la femineidad c—smica prevalece sobre la objetivaci—n masculina. Es una disoluci—n liberadora que retira a la fuerza viril de sus modos separativos de acci—n y del conocimiento para ba–arse en las aguas bautismales de la vida universal.  En el diagrama de los centros sutiles de Gichtel, Saturno tiene que unirse a la Luna y Jœpiter a Mercurio. Saturno es plomo, la concreci—n del esp’ritu del peso: ser‡ as’ pues sobretodo el s’mbolo de una cierta forma de ver el mundo, aquella visi—n particular que fija las apariencias en su opacidad y separaci—n, y que mantiene al hombre en su ilusi—n de estar despierto, mientras que en realidad es s—lo un son‡mbulo pose’do por un Òsue–o de plomoÓ. Gichtel clarifica esta perspectiva situando al centro saturnino en el cerebro y atribuye a Žl, siguiendo a Macrobio, el RATIOCINATIO. Por esto Saturno tiene que ser ÒdisueltoÓ en el centro lunar, situado en la regi—n sacra y representando a PHUSIKON, la totalidad de las energ’as vitales. Y Jœpiter (*) a PRAKTIKON, la vis agendi, la voluntad de poder, que debe ser Òdisuelta en el MercurioÓ, aquŽlla Òimaginaci—nÓ femenina que ve a la naturaleza como el escenario de un sue–o, quiz‡s el sue–o de Dios. (**) Este matrimonio en el cual lo masculino es disuelto es descrito a menudo como un parto a la inversa. As’ como en el proceso cosmog—nico de generaci—n del alma esta es ÒcoaguladaÓ en la mente humana, as’ en el proceso de regeneraci—n,  que pudiera ser Òteog—nicoÓ, lo mental debe ser reabsorbido en la potencialidad del alma. El hombre entra al œtero de la mujer y all’ es disuelto. Pero este retorno a la potencialidad empieza con un regreso a la oscuridad, con un descenso en el infierno;  el caos de la ÓmateriaÓ es oscuro en tanto a que su contenido no ha sido abierto: Žl florece espont‡neamente en la flor venenosa del mundo;  el hombre ha rechazado el encanto de esta flor;  Žl debe incorporar en s’ la fuerza que la hizo florecer para hacer posible su conversi—n en una nueva flor, pura y noble, que acoger‡ nuevamente el fuego divino.  El alquimista, por ende, desciende en las profundidades de la ÒmateriaÓ, esto es, en las profundidades de la vida. ƒl procede a despertar la Ófemineidad mercurial interiorÓ que yace dormida en la ra’z de la sexualidad c—smica, de modo de hacerla la fuerza de regeneraci—n.  En el deseo que da nacimiento a los metales en la matriz de la tierra y al ni–o en el vientre de la madre opera un ansia de inmortalidad. Pero en tanto como deseo est‡ orientado al exterior, la inmortalidad es fragmentada en el tiempo, es objetivada en la cadena de generaciones. El nacimiento exterior ÒsincopaÓ, por as’ decirlo, el nacimiento eterno, lo corta. Como Evola dice:  ÒLa HeterogŽnesis reemplaza la autogŽnesisÓ.  El alquimista rehusa alejarse de su misterio: ƒl entra en Žl. ƒl lo comprehende, esto es, Ótoma en s’ mismoÓ el deseo que liga en todos lados al azufre con el mercurio;  Žl le obliga a desear a Dios.  ÒVISITA INTERIORA TERRAE RECTIFICANDO OCCULTUM LAPIDEMÓ. Al describir el Òdescenso en el infiernoÓ resumido en la palabra VITRIOL, la alquimia ha preservado s’mbolos muy antiguos: ella habla de un viaje nocturno bajo el mar, en el cual el hŽroe, comparado a menudo con Jon‡s es tragado por un mounstruo. Pero el vientre del Leviat‡n t—rnase una matriz: Se forma un huevo alrededor del hombre aprisionado;  es tan extremadamente caliente que el hŽroe pierde todo su cabello;  expelido por el monstruo Žl sale del mar primordial calvo como un bebŽ reciŽn nacido.  (*)Centro masculino de la voluntad, localizado en la regi—n frontal.  (**)Centro femenino de la imaginaci—n, localizado en la regi—n umbilical.  ƒl, en efecto, a vuelto a nacer, y cada detalle del simbolismo est‡ cargado con significado: el mar mezclado con la noche es la oscura MATERIA, la humedad del mercurio. El monstruo es Ouroboros, el guardi‡n de la energ’a latente, an‡loga a la serpiente de Kundalini en la doctrina T‡ntrica. Finalmente el calor es el de la pasi—n: la victoria del hŽroe consistir‡ en hacerlo un calor de Òautoincubaci—nÓ, un fervor de renovaci—n;  entonces el mundo no es m‡s ya una tumba sino u a matriz, y el hŽroe, fertiliz‡ndose Žl mismo, t—rnase el huevo del cual Žl renacer‡.

 

El trabajo del blanqueado.

 

En el Òtrabajo del blanqueadoÓ el alquimista despliega, elev‡ndolas, las potencialidades de la MATERIA cuya fuerza acaba de capturar(uno podr’a decir que Žl abre su dimensi—n ÓsatwicaÓ). ƒl en realidad las descubre no en su estado de oscuridad sensoria sino en su sutil luminosidad, en la transparencia de un psiquismo humano- c—smico purificado, a travŽs del cual la luz del intelecto se filtra m‡s y m‡s. Mientras el hombre ordinario conoce los elementos solo en su aspecto ÒtelœricoÓ(debido a que Žl los conoce a travŽs de sus sentidos terrenos- hechos ellos mismos de tierra-) el alquimista percibe directamente su substancia Òan’micaÓ, una vez que los Òesp’ritusÓ de tierra, agua, aire y fuego le han sido revelados, Žl comprende el Òlenguaje de los p‡jarosÓ.  ƒl ÒrectificaÓ estos esp’ritus ambiguos, los reabsorbe en sus prototipos angŽlicos, los torna a Dios. El alquimista cuya alma es el lugar de esta exaltaci—n ve a la naturaleza desde dentro, en su inmaculada concepci—n, por as’ decirlo. ÓEl Para’so est‡ aœn en la Tierra, pero el hombre est‡ lejos de Žl, en tanto no se ha regenerado a s’ mismoÓ.  En el simbolismo vegetal, empleado frecuentemente por la alquimia, el trabajo del blanqueo corresponde al irrumpir de la primavera:  luego del oscuro invierno todos los colores se manifiestan en una profusi—n de flores mas se mezclan, poco a poco, en la blanca ofrenda de una Lila.  En el simbolismo animal, mientras el trabajo del ennegrecimiento se relaciona al Òvuelo del cuervoÓ, el trabajo de blanqueo empieza con el despliegue de la Òcola del pavorealÓ (PAVONIS) y es completado en la visi—n paradis’aca de un cisne blanco navegando sobre un mar plateado.  Finalmente, en el reino mineral, que es con propiedad el del alquimista, el trabajo de blanqueado es un ÒbautismoÓ, un ÓlavadoÓ que purifica la substancia met‡lica y la cristaliza como plata, Ónuestra plata vivaÓ, que es pura, sutil, luminosa, clara como agua de fuente, transparente como cristal y libre de m‡cula. ÓAs’ el trabajo de blanqueado ha llevado al alquimista del negro- que de acuerdo al an‡lisis de F. Scuon representa el Òno-colorÓ, la ra’z de todas las ÒformasÓ coloreadas- al blanco, que es el Òsupra-colorÓ, la s’ntesis de todas las formas y la promesa de transformaci—n espiritual.  En la representaci—n de Gichtel la Albedo parece corresponder al Òmatrimonio de Marte y VenusÓ,  esto es,  a la uni—n del centro masculino situado inmediatamente arriba del coraz—n(en la regi—n de la laringe), con el centro femenino, situado inmediatamente bajo de Žl(en la regi—n lumbar). Aqu’ Venus es la diosa del amor divino, no del amor er—tico;  ella es la ÒVenus celestialÓ, amantemente receptiva a la presencia espiritual. Uno empieza a ver el rol que estos conceptos deben haber jugado en la veneraci—n medieval de la Se–ora, especialmente si recordamos que la alquimia adopt— a menudo el simbolismo de la ÒbœsquedaÓ que siempre culmina en una imagen ÒfemeninaÓ del alma del mundo: El vellocino de oro o el c‡liz del Santo Grial. TambiŽn vemos c—mo estos conceptos son lo opuesto de cualquier bœsqueda de placer er—tico, debido a que ellos conciernen s—lo al restablecimiento, tanto en la naturaleza como en el hombre, de un estado de casta sumisi—n a la voluntad divina, a un estado virginal. La alquimia ve al verdadero HŽroe, Óel hijo del c—smosÓ y  Òsalvador de macroc—smosÓ como hombre que es capaz de ofrecer una alma virgen al abrazo del esp’ritu trascendental.

 

El trabajo de enrojecimiento.

 

En la forma perfecta del alma ofrecida como c‡liz, en la flor cristalina donde la materia est‡ en Žxtasis, el esp’ritu repentinamente arde en llamas. Y el oro aparece, la conciencia solar de la omnipresencia, el AUREA APPREHENSIO.  Que no halla error: Del fuego de que se habla en estos textos, no es(o no es solamente) uno de los elementos. Es el fuego que est‡ Ósuper omnia elementaÓ y que actœaÓineisÓ- una de las lenguas de fuego del PentecostŽs. La XANTOSIS- la aparici—n del oro- la cual marca el principio del Òtrabajo rojoÓ, implica una intervenci—n directa de un poder trascendente, de un contacto entre la vida c—smica y su polo supraformal. En la ilustraci—n de Gichtel, el drag—n que cubr’a el coraz—n y restring’a su radiaci—n a tocar solamente objetos de afirmaci—n individual, renace luego de ser ÒdisueltoÓ en la pureza virginal del alma y es transfigurado mediante este contacto con lo divino: su propia energ’a ÓrectificadaÓ da nacimiento al oro, a la visi—n solar de unidad. Luego, son celebrados el Òincesto filos—ficoÓ y la gran hierogamia de la NUPTIAE CHYMICAE:  El Sol se une con la Luna, el azœfre ÓfijaÓ a mercurio;  en el hombre el esp’ritu restaura la vida y la hace fruct’fera.  Este es el encuentro ceremonial del Rey Rojo y la Princesa Blanca. El Rey es coronado en oro, vestido de pœrpura sostiene una lila roja en su mano. La Reina es coronada de plata y sostiene una lila blanca. Cerca de ella un ‡guila blanca ha levantado el vuelo, un s’mbolo de la Òsublimaci—nÓ mercurial que debe ser fijada por la ahora benŽfica fuerza del azufre, simbolizado por el Le—n dorado que camina cerca al Rey. La realizaci—n alqu’mica en efecto es esencialmente un Òhacer carneÓ relacionado a la santificaci—n del arte y de la autoridad social;  ella no escapa del mundo sino que busca que iluminarlo: es de hecho una Òrealizaci—n RealÓ que demanda Òfidelidad a la tierraÓ y, luego del ascenso ext‡tico del Òtrabajo de blanqueadoÓ, el ÒdescensoÓ que hace del hombre el  SALVATOR MACROCOSMI. El simbolismo que enfatiza la necesidad de este ÓretornoÓ es tan profuso que es asombroso. La vasija en la cual es efectuado el trabajo debe permanecer ÓhermŽticamenteÓ sellada, de modo que la parte sutil del compuesto, llamada Òel ‡ngelÓ, no pueda escapar, sino que ser‡ forzada a condensarse nuevamente y a descender una y otra vez hasta que el residuo es transformado. Dentro del cuerpo visible reside un cuerpo espiritual que Boehme compara con un ÒaceiteÓ que debe ser inflamado de modo que pueda convertirse en una Òvida de alegr’a, exaltada por todoÓ.  La alquimia enfatiz— a la larga y sobre todo la heroica virilidad que el trabajo debe hacer surgir. El alquimista es un ÓhŽroe solarÓ quien debe hacer del IOS, del veneno de vida, el el’xir de longevidad, Žl es el Òse–or de la serpiente y de la madreÓ, ÓŽl ata las manos de la virgen, aquŽl demonio elusivo, Žl transforma las aguas torrenciales en piedra vivificante, Žl subordina a la naturaleza que se deleita en s’ misma en naturaleza que es capaz de sobrepasarse a s’ mismaÓ.  A travŽs del logro, como hemos dicho, de una cosmogon’a m‡s elevada, Žl confiere a la sexualidad c—smica la nobleza de un amor liberador:  amor del hombre por la mujer a quiŽn desea guiar hacia su perfecci—n, del artesano por las materias cuya secreta belleza Žl libera;  del Rey para con su pueblo que Žl sostiene en la realizaci—n de los Òpeque–os misteriosÓ esto es, en la transmutaci—n, a travŽs de toda la actividad humana, del orden c—smico en una liturgia.  Por eso es que ser’a mejor traducir RUBEDO como Ótrabajo en la pœrpuraÓ mas que Òtrabajo en el rojoÓ. La pœrpura resulta de la uni—n de la luz y la oscuridad, una uni—n que marca la victoria de la luz. La pœrpura es el color real. Es tambiŽn, de acuerdo a Suhrawardi, el color de las alas del arc‡ngel que preside el destino de la humanidad;  cuando quiera un hombre sabio descubre la sacralidad de todas las cosas el arc‡ngel ha enterrado una de sus alas con sombra;  el ÒsilenteÓ, por su sola presencia, trae el ala blanca junto a la negra y las une en la pœrpura. En el dise–o de Gichtel el primer movimiento hacia el coraz—n, que es percibido como una purificaci—n interior, es sucedido por un movimiento inverso de unificaci—n exterior. Y esta vez los centros masculinos absorben a los centros femeninos. El Sol es proyectado sobre Venus y la transforma en Marte, penetrando la energ’a animal y volviŽndola hacia la guerra santa interior. Marte, a su vez, fija a Mercurio de modo de extraer Jœpiter de Žl;  Jœpiter el Rey que dispensa justicia bajo el ‡rbol de la paz: El esp’ritu penetra el sue–o vegetal y transforma la pesadilla del mundo en el sue–o de Dios. A travŽs de Jœpiter el Sol desciende en la fuerza radical del agua, de la luna, y del sexo, en la noche en la que est‡ envuelta para que pueda ser recibida por las criaturas. La fecundidad transfigurada: ya no transmite otra cosa sino la vida. Este es un oto–o eternizado, la aparici—n del hombre fructificado. Finalmente, surge un Saturno regenerado. De all’ el Dios de la Edad de Oro: el plomo es transformado en Oro, la conciencia del alquimista penetra el sue–o universal, en las piedras como en los huesos, regresando a la ense–anza cabal’stica relativa a la LUZ, al ÒhuesilloÓ que  Òresiste al fuegoÓ, y cuyo cuerpo germinar‡ otra vez en la Òresurrecci—n de la carneÓ, el alquimista logra el Žxito al santificar su cuerpo despert‡ndole del sue–o en la muerte el Dios que duerme en la piedra de los huesos. ÓTal es el secreto que concierne a la tiza, la cal todopoderosa, el elemento tit‡nico: es el cuerpo incorruptible, el œnico œtil. . . quienquiera lo haya hallado triunfa sobre la privaci—n, esto es, sobre la ausencia de Dios. Como el apokatastis de la pesantez, la transfiguraci—n de Saturno es la transfiguraci—n de un Tit‡n: De ahora en adelante la presencia silenciosa del alquimista es una bendici—n sobre todos los seres, el secreto rey, el ser central consciente que relaciona el cielo y la tierra y asegura el buen orden de las cosas. UNUM EGO SUM ET MULTI IN ME: ƒl es un hombre muerto que trae la vida. Muerto a s’ mismo, t—rnase nutrici—n inexaustible, en Žl opera el misterio de la Òmultiplicaci—nÓ y el ÒaumentoÓ. ƒl es la ÒpanaceaÓ, el  Óel’xir de vidaÓ, el oro bebibleÓ. De la piedra cr’stica con la que est‡ identificado fluye una tintura roja y blanca que conforta el alma y el cuerpo. El es el fŽnix de cuyas cenizas una gran bandada de p‡jaros alza vuelo.

 

La Òv’a hœmedaÓ y la Òv’a secaÓ. –

 

La v’a que acabamos de describir recoge a la energ’a en s’ misma para transformarla en fervor: Žsta es la v’a hœmeda. Los alquimistas hablan en tŽrminos ocultos- aœn m‡s ocultos que usualmente, de una v’a r‡pida y peligrosa, la v’a seca. Esta usa un fuego ÓcontranaturalÓ an‡logo en el ‡mbito cosmol—gico al Òyoga del conocimientoÓ del Vedanta, o mejor aœn, al Òcamino directoÓ del Tantrismo. ƒl va ÓdirectamenteÓ del ÓegoÓ al Óhombre interiorÓ sin pasar a travŽs de la mediaci—n c—smica, que toma lentamente dentro de s’ el alma del mundo. Parece partir de un m‡s radicalÓ descenso en el infiernoÓ, tr‡tase sin duda de un volverse inmediatamente consciente de la formidable energ’a que est‡ dormida en las piedras y en los sistemas —seos;  como en el Tantrismo inmediatamente antes del despertar de la Kundalini, esta conciencia toma la apariencia de un calor t—rrido ligado a la afirmaci—n ÓYo soyÓque no es m‡s ya individualizada.  Este calor, el de la Òcal vivaÓ devora la objetivaci—n psico-vital del mercurio para permitir s—lo que subsista la certeza del oro. La Óv’a seca, que no opera ya m‡s con el fuego lento de la naturaleza, sino con la precipitaci—n que proviene del diabloÓ, parece haber empleado - para facilitar los traumas de Òdesidentificaci—nÓ que dislocan las apariencias- pociones intoxicantes, quiz‡s l’quidos org‡nicos mezclados con alcohol, como la Òorina de un borrachoÓ. La orina, cuyo s’mbolo se encuentra en la alquimia T‡ntrica, designaba, sobre todo para el alquimista, Óel fuego de la naturaleza inferiorÓ, ÓUR INFERIORIS NATURAEÓ. Pero, en vez de comentar aquŽllos mŽtodos ÓcorrosivosÓ, con respecto a los cuales los textos, en ausencia de ninguna ense–anza oral, son dif’ciles de interpretar, daremos seguidamente algunas indicaciones acerca de los procesos que son Òmuy gratos a la naturalezaÓ.

 

MŽtodos. -(*)

 

El antiguo car‡cter del ascetismo alqu’mico explica por quŽ tiene menos que ver con la renunciaci—n que con el desapego, menos con una huida del mundo que con una participaci—n purificada en su divina celebraci—n. Puede decirse que su meta es la penetraci—n del ambiente c—smico, una Ócosmizaci—nÓ del ambiente c—smico, una Ócosmizaci—nÓ del alma, para usar la expresi—n de Mircea El’ade. Como el ÒVAS HERMETISÓ el cual es su soporte para la meditaci—n y, en cierta forma, su s’mbolo, el alma del alquimista debe tornarse ÒredondaÓ como para imitar la perfecci—n esfŽrica del cosmos;  ella debe contener a la tierra y a su fuego de abajo, al cielo con su Sol y a la Luna.  (*)Nota. - No podemos tratar aqu’ el papel completo de los metales y del laboratorio en la obra alqu’mica. Sin embargo se–alemos que las operaciones materiales no ten’an autonom’a espacio-temporal y no se desenvolvieron conforme a causas y efectos fisico-qu’micos racionales. Ellas eran, sobre todo, un apoyo para la meditaci—n, un medio hacia el maravillarse, y, con este prop—sito, haciase surgir el valor especial de aquŽllas Ócualidades secundariasÓ, las que la ciencia moderna desde Descartes ha negado. M‡s aœn, ellas constitu’an un resultado, una ÓauraÓ de regeneraci—n humana, y as’ actuaba sobre los materiales, no a travŽs de los materiales mismos, sino a travŽs del conocimiento operativo de su substancia ps’quica y su esencia espiritual.  Ella deb’a homologar al mundo, de modo de convertirse, con Žl, la ÓmatrizÓ y el ÒhuevoÓ de los cuales el FILIUS PHILOSOPHORUM, la piedra milagrosa nacer’a.  Debido a que, conforme reza el proverbio Óuno no puede hacer oro excepto con oroÓ, el alquimista empezar‡ de los granos dispersos en la vida ordinaria, de los Ómomentos de suspensi—n Óo Òinstantes doradosÓ que algunas veces despejan nuestro sue–o y permiten que un resplandor del oro interior se filtre a travŽs nuestro, a travŽs de la monta–a de nuestra ignorancia.

 

Imaginaci—n verdadera. –

 

Para recoger estos granos de oro, la pr‡ctica principal de la alquimia parece haber sido la Óimaginaci—nÓ, no  imaginaci—n en el sentido ordinario, sino Òimaginaci—n verdaderaÓ, que los textos oponen cuidadosamente a Òfantas’aÓ.  ET VIDE SECUNDUM NATURAM, DE QUA REGENERANTUR CORPORA IN VISCERIS TERRAE ET HOC IMAGINARE PER VERAM IMAGINATIONEM ET NON PHANTASTICAM .  La imaginaci—n verdadera realmenteÓ vŽ  Ólos procesos ÓsutilesÓ de la naturaleza y sus prototipos angŽlicos.  Es la capacidad para reproducir en uno mismo el desenvolvimiento cosmog—nico, la creaci—n permanente del mundo en el sentido en el cual toda creaci—n, finalmente, es s—lo una Imaginaci—n Divina.  Es tambiŽn la facultad de interpretar los relatos b’blicos y mitos grecorromanos como realidades siempre presentes, que llevan al Universo de regreso a Dios a travŽs de la mediaci—n de un tiempo sagrado en donde no existe sino un hombre.  La imaginaci—n de la alquimia es una visi—n: Ve el espacio como un s’mbolo y el tiempo como una liturgia. ÓHorizontalmenteÓ, ella penetra el ambiente sutil, es la ÓestrellaÓ en el hombre, el Ócuerpo celestialÓ, el ÒastrumÓ, en este caso una expresi—n derivada de Paracelso y que significa el Alma del mundo.  ÒVerticalmenteÓ, esta imaginaci—n conduce a la vida c—smica as’ aclarada de vuelta a la realidad espiritual: ella toma entonces el nombre de Ómeditaci—nÓ INMENSA DIUTURNITAS MEDITATIONIS,  y consiste en la prolongada y silenciosa invocaci—n de Dios o m‡s bien del Ò‡ngel interiorÓ, del Ó‡ngel buenoÓ: De hecho la meta de la alquimia, cuyo rol debe permanecer cosmol—gico, no es la uni—n con lo trascendente sino el establecimiento de un contacto con ello a travŽs del Òrayo angŽlicoÓ que une lo supraformal con el mundo de las formas. As’ pues, cuando los autores hermŽticos hablan de Òver con los ojos del esp’rituÓ, no es un asunto, como crey— Jung, de una proyecci—n alucinatoria de la psique individual o colectiva sobre las substancias qu’micas cuya verdadera naturaleza permanecer’a b‡sicamente desconocida;  es una cuesti—n de una Òdivinizaci—nÓ del misterio de las cosas, en primer tŽrmino del aœn ambiguo misterio del alma del mundo y luego del luminoso misterio del esp’ritu.  Es cuesti—n de no ver m‡s ya cosas como la humanidad -hereditaria o colectivamente- las sue–a, esto es,  en su exterioridad sensorial, sino m‡s bien como Dios las sue–a, esto es, en su interioridad espiritual.  ÒDios permite al fil—sofo inteligente, a travŽs de la meditaci—n de la naturaleza, hacer que las cosas ocultas aparezcan y librarlas de la oscuridad. . . Estas realidades ocultas est‡n siempre presentes, mas los ojos de los hombres ordinarios no las ven -solamente los ojos del intelecto y la fuerza de la imaginaci—n, que perciben con visi—n cierta ÓEl alma ca’da sue–a de modo de olvidar la ausencia de Dios, esto es, la muerte;  ella sue–a la condici—n individual,  al universo sensorial y las mil formas en las que Žl se encuentra y busca convertirlas para su placer, en las artes, las ciencias y tŽcnicas del mundo profano. El alma debe morir a su sue–o para redescubrir a Dios.  Por eso es que los mŽtodos propiamente espirituales buscan que matar el ensue–o del alma, sŽ a travŽs de la implacable pregunta ÓÀquiŽn soy yo?Ó, O m‡s bien, en nuestro tiempo, por la invocaci—n del Divino nombre.  Por el contrario la alquimia, cuyo mŽtodo es m‡s Ópsicoc—smicoÓ que espiritual, hace uso de la necesidad de sue–o del alma;  en vez de Òviolentar el almaÓ por la pregunta dr‡stica o la invocaci—n ella expande su sue–o a la magnitud del universo y disuelve su prisi—n individual a travŽs del amor por la belleza del mundo. Cuando el lugar del sue–o no es m‡s ya el alma separada sino el alma del mundo, cuando el sue–o no es mas ya la ÒviscosidadÓ de las apariencias sino la naturaleza virginal en su secreta pureza, pueden luego, para despertar el oro, intervenir los mŽtodos espirituales apropiados: ÀQuiŽn sue–a? Es preguntado y la piedra misma proclama el Divino nombre.  La respiraci—n. -Esta Ópoes’a realÓ parece haber sido encarnada a travŽs de la meditaci—n sobre los grandes ritmos corporales.  Los textos sugieren el uso met—dico del ritmo respiratorio.  A la manera de Galeno y Averroes, que ligaban al Òesp’ritu vitalÓ a una substancia de naturaleza ps’quica que permeabiliza la atm—sfera c—smica y que es asimilada por el hombre al seguir un ritmo paralelo del aliento.  Este concepto es tan cercano al concepto de PRANA que nos resulta dif’cil dudar que los alquimistas conoc’an ejercicios respiratorios an‡logos a los del Yoga, y, m‡s precisamente, al Yoga-Laya T‡ntrico. En el simbolismo de Žste œltimo, que es tan antiguo que nos damos cuenta porquŽ debiera ser tan a menudo el mismo de la alquimia,  la vida corporal se halla parcialmente condicionada por la acci—n contraria de dos Órespiraciones sutilesÓ, prana y apana:  la primera ligada a la funci—n respiratoria, la segunda a la funci—n sexual.  Prana tiende hacia arriba, hacia un escape del cuerpo, mientras que Apana actœa sobre Žl Òcomo cuerda que ata el halc—nÓ,  y apana que siempre cae hacia abajo, tiene que rebotar Óbajo la acci—n de prana, como una bola cuando choca con la tierraÓ. Si a–adimos que Prana est‡ relacionado con el Sol y Apana con La Luna, no es dif’cil ver su oposici—n como un aspecto de la dualidad Azœfre-Mercurio, y particularmente de los dos p‡jaros, uno siendo vol‡til tiene alas, y el otro, siendo fijo, no las tiene, y cuya perpetua interacci—n debe ser utilizada y conciliada por el Arte. Pero no es tan f‡cil decir exactamente a quŽ se refieren los textos al hablar de lo ÒfijoÓ y de lo ÒaladoÓ que, en el ‡mbito de la alquimia humana pudiera traspasarse a las tŽcnicas respiratorias. (*) (*) Sin embargo, es casi cierto que, en uno de sus significados, sea el simbolismo de la Ócirculaci—nÓ alqu’mica que se relaciona con la concentraci—n T‡ntrica de las respiraciones interiores y, notablemente, al dominio del ÒpranaÓ y del ÒapanaÓ.

 

La sangre. –

 

ÒEl alma imaginativaÓ es el Òesp’ritu de vidaÓ, dicen los textos, y Žl Óhabita en la sangreÓ. La concentraci—n en la sangre a travŽs del ritmo circulatorio y la sensaci—n del calor corporal parece haber desempe–ado un rol importante en el ascetismo de la alquimia, La sangre es la Òl‡mpara de vidaÓ, el soporte del alma, mercurio en su modalidad m‡s cercana al azufre, con el cual se une en el coraz—n. En una cierta forma, el trabajo alqu’mico puede ser referido a la transmutaci—n de la sangre, la cual, inicialmente coloreada por el oscuro Sol del ego, es iluminada por la radiaci—n del coraz—n del mundo. Los autores ar‡bicos ya hablan de una Òdescomposici—n la cual, por medio de un fuego gentil, transforma a la naturaleza en sangreÓ.  Toda la primera mitad del trabajo, que reabsorbe lo sensorial en el alma, es transcrita por tanto como una experiencia interior de disoluci—n del cuerpo en sangre;  entonces el hombre se siente s—lo como calor y pulsaci—n, fervor y ritmo, esto es, como pura vida.  ÒVar—n y hembra, el cuerpo y su esp’ritu vital no son otros que el cuerpo y la sangre. . . La disoluci—n del cuerpo en su propia sangre es la disoluci—n del cuerpo en su propio esp’ritu de vida. . . Ud. tratar‡ en vano de obtener una disoluci—n perfecta del cuerpo sino aumenta en Žl el influjo de la sangre, que es menstruaci—n natural, su femineidad y su esp’ritu(vital)todo en uno, y con el cual debe unirse tan ’ntimamente que constituyan s—lo una y misma substancia. Ó En el simbolismo b’blico interpretado por la alquimia, la sangre es el mar rojo que tiene que ser cruzado para dejar Egipto, esto es dejar el cuerpo. En un sentido m‡s profundo, Óla sangre es la fiera espada que interrumpe la v’a que lleva al ‡rbol de la vidaÓ: su ritmo crea espacio-tiempo. Penetrar el misterio de la sangre significa unir el coraz—n del hombre con el coraz—n del mundo, en el cual el rayo no-espacial perfora el espacio y permite el escape de Žl.

 

El sexo. –

 

Finalmente, la alquimia parece haber conocido un erotismo sagrado curiosamente similar al del Tantrismo.  La cosmolog’a hermŽtica esta ’ntimamente relacionada en este ‡mbito, pero de un modo que es muy dif’cil de establecer con precisi—n, a las pr‡cticas del Òamor cortesanoÓ, al Óamor provenzalÓ, y finalmente a las que la caballer’a hered— de las antiguas sociedades pastoriles de occidente a travŽs de la iniciaci—n de hombres j—venes y que implicaba un simbolismo Óct—nicoÓ y ÒfemeninoÓ de la divinidad.  As’, aparte de la sociedad patriarcal de la Edad Media, que enfatizaba principalmente la funci—n biol—gica del matrimonio y que vio en la perpetuaci—n de la especie la excusa para pecados de la carne, sobrevivieron tradiciones m‡s primordiales: una que enfatiza el simbolismo positivo del amor y lo reviste con el prop—sito de regeneraci—n espiritual.  Parece que debe haber existido un matrimonio alqu’mico consagrado a la consecuci—n de la Gran Obra y que es similar al matrimonio T‡ntrico del T’bet, cuya meta reconocida no es la procreaci—n de ni–os sino la iluminaci—n. Son frecuentes las alusiones a la ÒSoror MysticaÓ, a la Òconsorte de servicioÓ, en los textos de alquimia;  todas las operaciones representadas en el MUTUS LIBER son realizadas por una pareja que al final es transfigurada en el HIEROGAMOS del Sol y La Luna;  por otra parte, varios textos mencionan que es necesario el esfuerzo combinado de un hombre y una mujer para la consumaci—n de la obra;  finalmente la casi m’tica renovaci—n de Nicol‡s Flamel y de la Dama Pernelle enfatiza la importancia acordada por los alquimistas al matrimonio espiritual. De hecho es claro que el amor humano podr’a ser expandido por las ideas alqu’micas acerca de la sexualidad c—smica (y quiz‡s, secretamente, acerca de la ÒsexualidadÓ divina). Es tambiŽn claro que el deseo, experimentado en desapego e inocencia podr’a ayudar al Òhombre rojoÓ y a la Òmujer blancaÓ a capturar en su fuente misma la femineidad de la ÒmateriaÓ. Para la cristiandad occidental el amor puede, a lo m‡s, ser santificado. Para la alquimia, pod’a tornarse santificante.  Esta uni—n al servicio de la obra no era f‡cil. Ella implicaba tres requerimientos: El primero parece haber sido una pureza no comprometida y una Òsensibilidad espiritual extremaÓ, de modo que el placer nunca se cerrase sobre s’ mismo sino que pudiera despertar un amor que se expandiese m‡s y m‡s y se tornase menos y menos individual. Siguiendo el esquema plat—nico usado a menudo por la alquimia como tambiŽn por los trovadores, tal amor lleva de la belleza del cuerpo a la del alma, y, finalmente, es reabsorbido en Òel amor de Dios quien cre— la bellezaÓ. As’ Óla unidad de todos los estados del amorÓ pudiera llevar del abrazo que ciegamente transmite MORT(muerte)al A-MORS (sin-muerte), el que, siguiendo el profundo juego de palabras de las Òcortes de amorÓ, despierta el sentimiento de la eternidad.  El segundo requerimiento era por tanto trasponer este amor en amor c—smico. Al final, no era m‡s este hombre o aquŽlla mujer sino el Sol y la Luna que se un’an Òpara dar nacimiento a DiosÓ. ÓEn esta segunda operaci—nÓ, escribi— Flamel a un pintor que hab’a ilustrado uno de sus trabajos, ÓUd. tiene que juntar las dos naturalezas, la masculina y la femenina y tiene que desposarlas. . . esto es, ellas no forman sino un solo cuerpo, que es el andr—gino o hermafrodita de los antiguos. El hombre como ha sido dibujado aqu’ ciertamente se me parece hasta el œltimo detalle, y la mujer representa a Pernelle en una manera v’vida. El pintor ten’a solamente que representar lo masculino y lo femenino pero le complaci— dibujarnos aqu’ como ellosÓ.  As’ Òel hermafroditaÓ es la meta, esto es, el secreto origen que impulsa al hombre y a la mujer mœtuamente, as’ como en las doctrinas orientales el ni–o deseando nacer los reœne en uni—n puramente carnal. De modo de preparar este Òpasaje al finalÓ, el matrimonio alqu’mico no era presentado como una mera fusi—n, sino como un encontrarse cara a cara lentamente transformado por el ÒarteÓ en una uni—n de complementarios.  El tercer requerimiento, la uni—n de complementarios, relaciona los pasos del trabajo alqu’mico a las relaciones del hombre y la mujer: la  Ódisoluci—nÓ de lo negativo masculino en lo positivo femenino, la Òfijaci—nÓ de lo negativo femenino por lo positivo masculino. Sin embargo, se trata aqu’ menos de una cuesti—n de fases sucesivas que de una constante interacci—n que logra m‡s y m‡s ÓcristalizacionesÓ nobles de amor, hasta que se logra la transmutaci—n final. Esta interacci—n es la clave para la Òoperaci—n con dos vasosÓ entre los cuales debe de tener lugar una circulaci—n vivificante y perfectamente rec’proca: estos ÒgemelosÓ (Gemini) estaban arreglados de modo tal que el producto destilado de cada uno, su ‡ngel, pudiera verterse de modo de purificarlo en la parte opaca del otro. Un intercambio creador que tambiŽn parece haber constituido uno de los fundamentos del amor provenzal: ÓTodo tiene lugarÓ, escribe R. Nelly, Ócomo si la er—tica provenzal hubiera tratado de injertar en el hombre la cualidad ÔdominanteÕ de la mujer:  cari–o por el cuerpo, ÕpiedadÕ;  y en la mujer el coraje y la virtud masculina. Este injerto, el cual busca que actualizar el andr—gino en cada cual, es maravillosamente simbolizado por dos miniaturas en un manuscrito del siglo XV que Jung ha reproducido en su obra ÓPsicolog’a y alquimiaÓ: durante la Òmortificaci—nÓ que es una preparaci—n para el matrimonio y  que toca a ambos sexos simult‡neamente, el ‡rbol de la vida es visto crecer del vientre del hombre y de la cabeza de la mujer;  como si el hombre, para llegar a ser merecedor de una uni—n autŽntica tuviera que despertar la parte femenina en s’ mismo, tuviera que renunciar al razonamiento de la cabeza para sentir el movimiento de sus entra–as;  y como mujer ten’a que despertar su parte masculina liber‡ndose del despotismo sensual y maternal de su vientre con el fin de tomar parte lœcidamente en la vocaci—n del hombre.  Finalmente, puede ser que los alquimistas conociesen no solamente del matrimonio propiamente dicho, sino de ciertas ÓtŽcnicasÓ er—ticas similares al Tantrismo y dirigidas a despertar la energ’a del sexo sin permitirle ser desgastada en la emisi—n seminal. Los textos presentan a menudo el s’mbolo grecorromano de la ÒDiana desnudaÓ al cual relacionan al alma del mundo, la visi—n de la cual es la meta del Òtrabajo en el blanqueadoÓ. Ahora sabemos que el Óamor puroÓ, medieval que es el amor sin uni—n carnal, inclu’a la contemplaci—n de la Dama desnuda.  Como en el tantrismo donde la denudaci—n de la virgen ÒsimbolizaÓ purificaci—n, donde las prendas representan aqu’ las apariencias exteriores. Esta pr‡ctica implicaba una total sublimaci—n: los textos predec’an que el profano que se atreviese a mirar a ÒDiana desnudaÓ con ojos de deseo correr’a el destino de Acte—n, transform‡ndose en un animal que ser’a devorado por los perros.  Finalmente, la alquimia pudiera haber empleado un MAITHUNA, esto es una uni—n sexual ritual en la cual la esperma, en el momento de la emisi—n es abruptamente retenida y debe ÓreascenderÓ, de modo que la concentraci—n m‡s elevada de vida, la cual ella contiene, pudiera entrar inmediatamente en el plano ps’quico y provocar un shock liberador.  En un texto hermŽtico-cabal’stico el Asch-Mezareph, hallamos una referencia a un procedimiento de este tipo en la referencia al simbolismo b’blico del lanzamiento del arma de Phineas: ÓLa lanza penetra al mismo tiempo al Israelita solar y al medianita lunar en el momento de su uni—n en el Locis Genitalibus. . . El punto de fuerza del hierro, actuando sobre la materia la limpia de toda su contaminaci—n. Aqu’ el Israelita no es otro que el azufre masculino y la medianita debe ser entendida como agua. . . la lanza de Phineas no s—lo mata el azufre masculino sino tambiŽn mortifica a su esposa;  y juntos son transmutados al mezclar su sangre en un singular acto de generaci—n: Es entonces que los milagros de Phineas empiezanÓ.

 

Tantrismo y alquimia.

 

Como hemos anotado frecuentemente, los parecidos entre el Tantrismo y la alquimia son impresionantes. Esto no ser’a sorprendente si se tiene en mente que estas dos tradiciones revitalizan el mismo simbolismo antiguo, mito-c—smico en naturaleza, haciendo de la identificaci—n con el mundo el primer y necesario paso a la liberaci—n. As’ como la alquimia ha permitido que el car‡cter sagrado de la carne del mundo sea mantenido bajo el elevado ascetismo mon‡stico de la cristiandad,  as’ el Tantrismo parece haber nacido de una lœcida sistematizaci—n de los conceptos que subyacen los ritos(y mitos)carnales profundamente poŽticos y castos de la vida diaria hindœ, pero los que la especulaci—n ved‡ntica ha negado m‡s y m‡s en favor de una expresi—n aparentemente discursiva y desencarnada del misterio de la unidad. Estas ra’ces comunes, este rol parcialmente an‡logo explica porquŽ convergen las actitudes del Tantrismo y la alquimia. Ambas toman el cuerpo material como su punto de partida para transfigurarlo, debido a que no es otra cosa que el cuerpo espiritual identificado con su propia objetivaci—n por el proceso del deseo Òcosmog—nicoÓ.  As’ el Òcuerpo diamantinoÓ del tantrismo corresponde al corpus glorificationis de la alquimia latina, y el s’mbolo del diamante es idŽntico al de la ÒpiedraÓ el que es tambiŽn un diamante. Es debido a que las dos tradiciones tienen una concepci—n similar de la naturaleza: la alquimia es claramente un ÒshaktismoÓ que asume, aœn en su oscurantismo final, el poder inmanente del principio as’ como el salvar al hombre - conforme a la afirmaci—n T‡ntrica - a travŽs de los mismos medios que habitualmente causan su ca’da.  Finalmente en ambos casos es el mismo planteamiento de la sexualidad positiva que se detiene, expl’citamente al menos, en el plano c—smico en la Alquimia, mientras que empieza IN DIVINIS para el Tantrismo: La oposici—n del azufre y el mercurio aparece as’ como una aplicaci—n contingente relativa entre Shiva y su Shakti.  Bajo estas condiciones, es normal observar los grandes parecidos entre la Òfisiolog’aÓ sutil del tantrismo y el de la Alquimia. La multiplicidad de Nadis, aquellas corrientes de fuerza sutil que surcan y ÒanimanÓ el organismo, culminan en una dualidad, la de las dos arterias opuestas llamadas PINGALA E IDA.  Ida cuyo color es un blanco muy p‡lido, representa una corriente ÒlunarÓ ligada al principio sh‡ktico;  Pingala, de rojo brillante, es una corriente ÒsolarÓ shivaica. Estos dos Nadis,  que emergen de la regi—n sacra y se entrecruzan alrededor de la columna vertebral, corresponden en el lenguaje alqu’mico a las dos serpientes del caduceo, opuestas una a otra, como el blanco y lunar mercurio al rojo y solar azufre. As’ como la dualidad de ida y pingala es resuelta en el momento de la realizaci—n espiritual, en la unidad de la arteria central - la shushumna-, de modo que las dos serpientes que peleaban una contra otra , habiendo sido golpeadas por la vara de Hermes se enroscan alrededor de Žlla, domadas de all’ en adelante, otorgan al Dios los dobles poderes teœrgicos de ÒatarÓy ÒdesatarÓ. La naturaleza c—smica en su estado latente necesitando ser despertada y dominada, es simbolizada en la alquimia como en el Tantrismo por una serpiente enrollada sibre s’ misma: Ouroboros y Kundalini. Ambas tradiciones relacionan a esta serpiente con la pesadez, el sue–o y la tierra: al VISITA INTERIRA TERAE hermŽtico corresponde el descenso al MULADHARA-CHAKRA, el centro sutil que est‡ en la ra’z de la existencia corporal y el cual corresponde al TATWA de la ÒtierraÓ.  El Tantrismo localiza esta chakra en la base de la columna vertebral, y uno podr’a suponer que una localizaci—n an‡loga fuŽ conocida de la alquimia, dado que Žsta, como el Tantras, relaciona al fuego de la tierra a la funci—n sexual, y a menudo sitœa al centro lunar-que corresponde, como hemos visto a PHUSIKON, la totalidad de las energias vitales-en la base de la espina dorsal. Resta, para completar esta breve comparaci—n de las dos Òfisiolog’asÓsutiles, el problema de los Òcentros de vidaÓ.  ÒLa calidad de libertad pasa a travŽs de la cualidad astringente(que puede ser comparada al aprisionamiento en la dureza de la tierra), hiende al cuerpo, y emerge del mismo, por fuera y sobre la tierra(el cuerpo y la tierra parecen an‡logos aqu’ al muladhara chakra)y as’ avanza persistentemente hasta que ha crecido un largo tallo. Las calidades(la uni—n de Ida y Pingala)ascienden a travŽs de este tallo(shushumna). All’ ellas generan los colores. . . posteriormente florece un bot—n en el tallo, el cual es un nuevo cuerpo, que se parece al que originalmente tuvo sus ra’ces en la tierra, asumiendo de all’ en adelante una forma m‡s sutilÓ.  Parece, sin embargo, que una verdadera correspondencia no puede ser establecida entre los cxentros de la alquimia y aquellos del Tantrismo, excepto los cuatro centros que se elevan por pasos desde la regi—n sacra al coraz—n, o mas bien, es s—lo en el caso del coraz—n que la correspondencia es completa;  los tres centros alqu’micos mas bajos representan solo la modalidad shaktica o mercurial de las correspondientes chakras, su modalidad Shivaica o sulfurosa es encontrada en los centros alqu’micos situados sobre el coraz—n:  por ejemplo, el muladhara chakra es identificado no con el centro lunar œnico de Gichtel sino con la uni—n entre el centro lunar y el centro saturnino, que es localizado en la cabeza, esta chakra es de hecho relacionada no solamente con la fuerza vital de la Kundalini sino tambiŽn al ÒDios de la TierraÓsimbolizada por laÕmasividadÕdel elefante y que corresponde m‡s claramente a Saturno y a la pesadez del plomo.  Los centros que la alquimia coloca sobre el coraz—n no tienen nada que hacer con las chakras cuya localizaci—n es aproximadamente la misma.  EN TERMINOS TANTRICOS LA REALIZACION ALQUIMICA SE DETIENE EN EL CORAZON.  Esta diferencia es f‡cil de comprender. El Tantrismo es un camino espiritual integral, la œltimaÓadaptaci—nÓde la tradici—n hindœ: La conquista del coraz—n, esto es, del centro del ser humano en el cual es reflejado el centro supremo, es de este modo en aquŽl contexto s—lo una etapa que lleva al ÒascensoÓhacia estados m‡s elevados del ser. El coraz—n marca el momento donde el hombre que ha descubierto su centroÓes hecho c—smicoÓ. Arriba, las chakras m‡s elevadas simbolizan los ÒcielosÓsupraformales y el pasaje a la fontanela, la uni—n con lo trascendental. La alquimia, por el contrario, es una ciencia cosmol—gica que nunca ha reclamado ser autosuficiente. Ella ha estado siempre subordinada a un camino espiritual de uni—n, hablando con propiedad, sea que uno estŽ considerando la parte ÒsacerdotalÕde la tradici—n Egipcia, del Sufismo, del Hesycasmo Bizantino o de las grandes tradiciones m’sticaÓintelectualesÓde occidente hasta Meister Eckhart y aœn Angelicus Silesius. Por Žso es que limita a establecer un contacto en el coraz—n con el rayo ÒsolarÓde trascendencia y vŽ la disoluci—n del mundo en su centro como subsecuente a una restauraci—n igualmente importante.  La realizaci—n alqu’mica es una realizaci—n ÒhorizontalÓen la direcci—n de la respiraci—n c—smica. La realizaci—n T‡ntrica asume esta respiraci—n y la absorbe en una vertical que no tiene que ver ya con el espacio. Lo que a la postre corresponde al Tantrismo no es la alqu’mia medieval por s’ sola sino la espiritualidad medieval completa con sus infraestructuras alqu’micas y su logro puramente cristiano. As’ el ‡rbol hueco de la alquimia no es idŽntico al ‡rbol T‡ntrico de la vida: uno podr’a decir que es el reflejo impar en el medio c—smico de la raiz del segundo, dado que el tronco que est‡ perdido en los cielos no deja otra traza que el luminoso centro del coraz—n(*) (*)Evidentemente de lo que se habla aqu’ no es otra cosa que el simbolismo del coraz—n, concerniente al retorno al estado primordial, esto es, en tŽrminos cristianos al estado ad‡nico.  Un significado m‡s amplio es adscrito al coraz—n en el hindu’smo, que siempre lo considera como el lugar de residencia de ATMA , y especialmente en las tradiciones monote’tas en su forma m‡s elevada Hesyca’smo y Sufismo: laÓdimensi—nÓmetac—smica que el tantrismo en una cierta forma ÒproyectaÓdel coraz—n a la fontanela aœn permanece, contenida en el coraz—n, en este caso la visi—n del Òojo del coraz—nÓno se ÒlevantaÓpara unificar la inteligencia objetivadora de los ojos sensoriales, mas bien Žsta ÒdesciendeÓdentro del coraz—n para ser transfigurada all’. As’ el complemento espiritual, propiamente hablando, de la alquimia se halla en la ÒgnosisÓcristiana, de la cual Meister Eckhart en occidente y San Gregorio Palamas son los testigos preeminentes, la invocaci—n del Divino Nombre resume el trabajo de la reintegraci—n alqu’mica al reabsorber el c—smos en el verbo-Òel reino de lo posibleÓy la ÒaperturaÓde los CHAKRAS m‡s elevadas del Tantrismo se actualiz—, Ómutatis mutandisÓpor el descenso de la inteligencia dentro del coraz—n y la total integraci—n de la dimensi—n metac—smica del coraz—n.  Profundamente cristianizada, situada en el punto donde se unen la iniciaci—n de las fraternidades y de las —rdenes de caballer’a, la alquimia constituy— en la cristiandad medieval la doctrina central de los Òmisterios menoresÓc—smicos. Hijo de Dios a travŽs de la mediaci—n de Cristo,  el artesano o el Emperador era igualmente padre y mediador en relaci—n al mundo, a travŽs del arquetipo de Hermes, representado como un rey anciano.  Esta alianza fuŽ interrumpida por ciertos desastres internos que no necesitan ser se–alados aqu’ y que tuvo lugar entre finales del siglo doce hasta el final del siglo catorce.  En esencia metac—smica, el cristianismo, en occidente al menos, fuŽ cada vez m‡s Òantic—smicoÓ;  prohibidos los fieles de recibir el vino, que es sangre, en la comuni—n, la larga batalla de usurpaci—n moralizante propagada por el papado contra la funci—n sagrada de los emperadores;  el car‡cter aut—nomo y profano adscrito a la naturaleza por el Tomismo -todos ellos son aspectos de este divorcio gradual de lo sagrado de la vida.  Por su parte la alquimia se torn— m‡s y m‡s encerrada en su c—smos divinizado: la desaparici—n de los textos de la CITRINITAS (en griego XANTOSIS), esto es, la desaparici—n de la intervenci—n de una influencia trascendente en la formaci—n del oro, enfatiza este triunfo del inmanentismo.  La oposici—n entre el FILIUS MACROCOSMI y el hijo de Dios hizo posible el mundo moderno. Esta reconciliaci—n puede ser quiz‡s prefigurada por el redescubrimiento del profundo significado de la alquimia y del cuerpo total de las tradicionesÓmitol—gicasÓpuesÓLA PIEDRA ES EL CRISTOÓ.  ÒY os dirŽ que si estos (los disc’pulos) mantuvieran su paz,  las piedras inmediatamente dar’an de vocesÓ.

 

FIN